Ir yendo ( sin más)
No sé qué será, pero algo tengo que tener; los ojos quizá, claros y profundos, o esa expresión general reconcentrada y melancólica; puede que cierta apariencia desvalida, tal vez la seriedad, los prolongados silencios, un halo bien logrado de misterio, los calmos movimientos de un hombre antiguo; quién sabe, algo, porque lo que a mí me ocurre no le ocurre por igual a todo el mundo; al menos que yo sepa, y es cosa que sabría si en verdad ocurriera: me refiero a lo atrevidas que conmigo se muestran, sobre todo, las mujeres jóvenes, las adolescentes crepusculares, ésas, en fin, que acaban de abandonar el oso de peluche y no saben todavía quién puede ser capaz de sustituirlo con igual eficacia, las mismas que llaman niños a sus contemporáneos y se ríen de la abrupta personalidad que manifiestan, nostálgicas de un tiempo y de unos modos que tienen que existir porque los sueñan; ésas son las que, si estoy solo, se me arriman para pedirme fuego, y no se van después de oírme decir que no tengo, pues no fumo, sino que, con soltura y determinación, añaden que perdone, pero que cuanto más me miran más les recuerdo a alguien, a alguien muy famoso o popular, que tengo, dicen, algo de, no sé, nombran a gente que no conozco; es entonces cuando, haciendo de tripas corazón, o de la capa un sayo, haciendo, vaya, lo que no sé si deseo pero de mí se espera, o lo que sí deseo pero al mismo tiempo temo, es entonces, digo, cuando trago saliva y suelto: ya que no puedo darte fuego me gustaría invitarte a cualquier otra cosa; gracias, responde ella, pues a una clara de limón, pero no aquí, aquí hay mucho niñato, en otro sitio; y a otro sitio nos vamos, hablando de esto y aquello, de sus estudios, de mis cosas, que escribo, digo, novelitas y así; eso les gusta; eróticas, añado; ah, ya me dejarás leer alguna, contestan; claro que si, digo; ¿son tipo Henry Miller?, preguntan; sí, más o menos, respondo, y así vamos yendo, nimiedad arriba, nimiedad abajo, hasta que la noche nos pilla en las inmediaciones del río, entre los jadeos y susurros de las parejas que nos llevan delantera; siempre hay unos minutos de indecisión, un interín orlado por la angustia ante el vacío, parecida a la que debe sentir el paraca antes del salto, pero de repente, como si alguna ley física hasta entonces en desuso, la ley de la levedad, por ejemplo, comenzara a hacer efecto, los cuerpos se yerguen y entrechocan; nada se puede hacer entonces, nada que evite la febril conjugación y la final desgarradura.
