Publicidad:
Terra
La Coctelera

Mario Bello ( dúas olladas)

Mario Bello espertou cedo o día 1 de xaneiro; case coma todos os días; pero non se ergueu ata pasadas as dez; sempre lle gustara estar esperto na cama, lendo ou escoitando a radio, ou mesmo sen facer nada, coa vista a vagar polo teito, sen encarreirar o pensamento nin amosarlle fins, deixándose ir tralo delirio; hai gustos ou costumes ou xeitos de estar ou de ser que nunca, por moito que un vaia cambiando, quedan completamente soterrados; asi é que Mario Bello espertou cedo pero non se ergueu ata que, pasadas as dez, soou o teléfono móbil alá nas fonduras da chaqueta que vía tirada no chan, unha de pana marrón que recuperara nos últimos días, despois de varios anos desbotada. Remexeu na chaqueta e atopou a orixe do son no último bolso que mirou: non ía contestar: para empezar o ano o último que desexaba era escoitar a voz aflautada de Carliños Ripalda; guindou o teléfono enriba da cama e marchou cara ao baño; ouriñou sentado, coma se aquela rapaza que coñecera a finais de novembro estivera presente; o certo era que a estaba botando algo de menos; algo, non era cousa de caer en esaxeracións sentimentais, en deliquios adolescentes; pasaran, iso si, uns días apaixoados, sobre todo por parte dela, que non parou, incansable, de reclamalo; non é quen de lembrar cantos polvos botarían; a penas durmiran naquela semana, a penas comeran, a penas nada que non fora zugarse un ao outro; tiña que recoñecer que se sentira aliviado cando se despediron; pero si, algo, mentres recibía a auga moi quente sobre a caluga, non moito pero si algo estábaa botando de menos; algo que notaba ir a máis sen posibilidade de acougo e ameazaba con acadar proporcións de exclusivo protagonismo; pechou os ollos e lembrouna espida, cos pés no chan e as costas apoiadas na cama, a vulva oferente, convexa, brillante, vocalizando un SOS inaplazable, unha apelación exasperada; si, botábaa de menos, naquel intre con toda contundencia; decidiu ofrendarlle unha homenaxe lonxana, un exercicio de egoismo votivo; gozar á saúde das súas humedades: pareceulle unha boa maneira de empezar o ano.

Mario Bello estaba afeito a vivir só; fillo único, fórase afacendo dende neno, non sen dor, á soedade; nunca esquecería as longas tardes de sábado ou domingo pasadas agardando oír os golpes salvadores na porta: a presencia de calquera, da Merchiña, por exemplo, que aparecía ás veces cós xeonllos feridos e as pernas suxas, armada dun sorriso encirrador inobxetable, tan mala compañía pero tan necesaria para non afundirse no baleiro dos días, na mansedume espesa de tantas horas empozadas, chegaba a Merchiña quen sabía de onde, a Mario paracíalle que de moi lonxe, aínda que vivía ao lado e daquela ninguén se atrevía a marchar máis alá dos límites do barrio; pero ela semellaba chegar de máis alá, das rúas perigosas que arrodeaban o matadeiro, onde dicían que había pelexas todos os días e brillaban as navallas por menos de nada: nesas rúas Mario Bello imaxinaba á Merchiña enfrontada ás bandas de túzaros que acampaban nas inmediacións abandonadas do chamado chalet do médico; imaxinábaa recibindo e dando, caendo e erguéndose unha e outra vez, sen medo a ningún mal golpe ca matara: ise mal golpe do que a Mario lle falaban os maiores, súa mai sobre todo: a ver se vas levar un mal golpe, dicía, dando a entender que tamén podería haber golpes bós ou alomenos non malos, golpes de amor se cadra, ou de risa: ataques que podían sacar a un de si, pero non da vida; porque os malos golpes debían ser só os que te sacaban da vida. A Merchiña non aparecía moi a miúdo, só cando non tiña nada mellor que facer, ou ficara, polo que fose, soa, ou cando estaba cansa, ou rabiosa, só entón chamaba á porta de Mario Bello: con urxencia, como acostumaba a facelo todo, coma se fose consciente dende sempre do escaso tempo que lle fora concedido. Á mai de Mario Bello non lle gustaba a Merchiña, quizais, máis que por ela, pola familia, unha das últimas en chegar ao barrio e sobre a que nas tertulias da fresca erguían as comadres relatos imprecisos pero percorridos pola pringosa serpe das mais atrabiliarias sospeitas. Mario está estudiando, mentia súa mai, ou non se atopa hoxe moi ben, ou estamos a piques de saír, pero todo iso para Merche non significaba nada, verbas ocas, expulsadas da semántica por comportamento indebido, que botaban e rebotaban coma pelotiñas tolas entre os puntos cardinais da mentira; Merche non cría nada do que decían os grandes; que agora non te podes quedar, insistía a mai de Mario, pero xa Merche estaba dentro berrando Mario, Mario, xa na habitación onde el, facendo que estudiaba, enredaba e desenredaba ensoñacións heroicas.

boda

Ya la noche de bodas lo pasó mal, ella no aguantaba el dolor de cabeza y le pidió por favor que lo dejaran, ya tendremos tiempo, es un toque de originalidad no hacerlo cuando todos los hacen, ¿no?, cuando parece una de las obligaciones de la ceremonia, ¿pero no tienes ganas?, sí, ganas sí tengo, pero la cabeza me tiene que no puedo más, la bebida, los nervios, el ruido, qué sé yo, sólo me apetece cerrar los ojos e intentar dormir, ¿quieres una pastilla?, ¿por qué no tomaste nada?, no, si ya tomé, tráeme otra si quieres, pero nada, cuando me da ni pastillas ni nada, tómate dos, a ver, sí, a ver, pero hoy mejor nada, en serio, hoy mejor que durmamos, habrá tiempo, claro, habría tiempo, hasta que la muerte los separase debería haber la tira de tiempo, aunque quién sabía, cuando era niño había soñado que moriría a la misma edad que su tía Celia, y de lo mismo, además, de un ataque al corazón, poco más de tres años le quedaba, si así fueran las cosas, tal como las soñaba, que no solían, le llevó dos aspirinas y un vaso de agua, aquí tienes, descansa, yo voy a salir un momento, no estás enfadado, ¿verdad?, no, mujer, qué va, qué iba a estar enfadado, se acababa de casar con una mujer de las que siempre había considerado apetecibles, alta, delgada, rubia, allí la tenía, y mañana a primera hora saldría con ella para Venecia, no estaba enfadado, dijo, y cómo no iba a estarlo, cómo coño quiere que esté esta tía si llevo todo el día, todo este santo y absurdo día pensando en su firme y voluptuoso cuerpo, en su piel uvamorena y suave, en la saliva reconstituyente de sus éxtasis, en perderme en sus umbrosas oquedades, no, duerme, vuelvo enseguida, tomo algo en la cafetería y subo, y todavía con el frac puesto salió al pasillo, era la noche de bodas y estaba solo, y mal, con el ánimo a ras de suelo y a punto de sentir una vez más el aguijón oxidado de su pregunta favorita, ¿qué estoy haciendo aquí?, ¿es aquí donde debía estar o estoy, como casi siempre, en el lugar equivocado?, como siempre, mejor, pues nunca se sentía estar donde debía, y tampoco entonces, nada, aquí nada, pintando la mona, se respondió, ni aquí ni en Venecia se me ha perdido a mí nada, llamó al ascensor y bajó al vestíbulo, donde debía estar era en casa, atendiendo a mi madre, comentando con ella los programas de la televisión, con su madre, llevaba el teléfono en un bolsillo y marcó el número de casa, al sexto pitido oyó la voz, ¿sí?, ¿diga?, ¿diga?, no contestó, si sabía que era él se preocuparía, ¿qué haces llamándome, hijo, a estas hora?, ¿qué pasa?, ¿ocurrió algo?, ¿qué ocurrió?, ¿estáis bien?, no, no podría soportar tantas preguntas, cortó la comunicación, por la voz su madre parecía tranquila, pero seguro que no la había despertado, seguro que no pegaba ojo en toda la noche, temía que recayera, que volviera a las andadas como siempre que se disgustaba, salió del hotel y empezó a caminar calle arriba hacia lo que sabía que era el centro, no llegó lejos, al doblar la esquina una intermitencia roja y verde llamó su atención y se detuvo, pensó que mejor sería no entrar, vestido de novio iba a dar el cante, pero qué, mejor atontarse un rato que seguir agriando la sangre y devanando los sesos, entró y pidió cerveza, una marca rara, poco después llego Lorena y le preguntó si la invitaba.

Ir yendo ( sin más)

No sé qué será, pero algo tengo que tener; los ojos quizá, claros y profundos, o esa expresión general reconcentrada y melancólica; puede que cierta apariencia desvalida, tal vez la seriedad, los prolongados silencios, un halo bien logrado de misterio, los calmos movimientos de un hombre antiguo; quién sabe, algo, porque lo que a mí me ocurre no le ocurre por igual a todo el mundo; al menos que yo sepa, y es cosa que sabría si en verdad ocurriera: me refiero a lo atrevidas que conmigo se muestran, sobre todo, las mujeres jóvenes, las adolescentes crepusculares, ésas, en fin, que acaban de abandonar el oso de peluche y no saben todavía quién puede ser capaz de sustituirlo con igual eficacia, las mismas que llaman niños a sus contemporáneos y se ríen de la abrupta personalidad que manifiestan, nostálgicas de un tiempo y de unos modos que tienen que existir porque los sueñan; ésas son las que, si estoy solo, se me arriman para pedirme fuego, y no se van después de oírme decir que no tengo, pues no fumo, sino que, con soltura y determinación, añaden que perdone, pero que cuanto más me miran más les recuerdo a alguien, a alguien muy famoso o popular, que tengo, dicen, algo de, no sé, nombran a gente que no conozco; es entonces cuando, haciendo de tripas corazón, o de la capa un sayo, haciendo, vaya, lo que no sé si deseo pero de mí se espera, o lo que sí deseo pero al mismo tiempo temo, es entonces, digo, cuando trago saliva y suelto: ya que no puedo darte fuego me gustaría invitarte a cualquier otra cosa; gracias, responde ella, pues a una clara de limón, pero no aquí, aquí hay mucho niñato, en otro sitio; y a otro sitio nos vamos, hablando de esto y aquello, de sus estudios, de mis cosas, que escribo, digo, novelitas y así; eso les gusta; eróticas, añado; ah, ya me dejarás leer alguna, contestan; claro que si, digo; ¿son tipo Henry Miller?, preguntan; sí, más o menos, respondo, y así vamos yendo, nimiedad arriba, nimiedad abajo, hasta que la noche nos pilla en las inmediaciones del río, entre los jadeos y susurros de las parejas que nos llevan delantera; siempre hay unos minutos de indecisión, un interín orlado por la angustia ante el vacío, parecida a la que debe sentir el paraca antes del salto, pero de repente, como si alguna ley física hasta entonces en desuso, la ley de la levedad, por ejemplo, comenzara a hacer efecto, los cuerpos se yerguen y entrechocan; nada se puede hacer entonces, nada que evite la febril conjugación y la final desgarradura.

La llamada

El hombre esperó durante días la llamada. Le habían dicho que, en cualquier caso, tendría noticias, que ellos no acostumbraban a pagar nada con silencio. No podían precisar, eso no, cuándo se pondrían en contacto. Si en una semana o en dos, o quizá en más; a veces, por lo que fuese, el proceso se retrasaba de manera, viéndolo desde fuera, incomprensible. Aunque tampoco era descartable que se acelerase y ya mañana o esta misma tarde, por qué no, quedase cerrado. Váyase usted tranquilo, le pidieron, tendiéndole las manos con energía, aquí nos hacemos cargo de su situación, algunos de nosotros hemos pasado por lo mismo. Yo, se destacó uno, sin ir más lejos, estoy en este mismo instante en un trance que podríamos llamar formalmente similar, aunque, si me permite, con mucho más peso específico; mis compañeros saben bien de lo que hablo y ya ve como todos asienten, ya ve como no hay ni uno que se abstenga, y podrían, no vaya a creer usted lo contrario y salir de aquí errado o, cuando menos, y permítame la licencia retórica, inflamado por la duda. Dudas, las menos, intervino ella, no diré ninguna, que a eso, como humanos, no llegamos, pero cuantas menos, mejor. No dan buen andar, apostilló otro, ni garbo ni prestancia. Pero discúlpenos, no queremos entretenerlo, usted tendrá cosas que hacer, quiso zanjar el primero. El hombre negó con la cabeza; en aquel momento tanto le daba estar allí como en otro lado, casi, si pudiera elegir, mejor allí, en aquella oficina tan moderna, rodeado de gente atenta y respetuosa, que en su casa fría de las afueras, pendiente de una llamada que igual no se producía jamás. No, yo aquí estoy bien, yo, por mi, ya me quedaba aquí a jornada completa. Ah, y nosotros encantados, pero, compréndanos, hay fases… ¿Frases? No, no, perdón, fases, etapas… Ya. Usted está ahora en la primera, casi le diría que a punto de superarla, no sé si digo de más. No, volvió a intervenir ella, no creo que de más, si acaso de menos, por lo que a mi respecta la primera fase la tiene completamente superada. ¿Está usted segura, señorita Adelaida?, recuerde que no debemos generar esperanzas en vano. Bah, no es el caso, y además la esperanza nunca es en vano, ¿no cree usted, caballero? El hombre asintió; claro, dijo desde la puerta, nunca. Nunca, repitió ella con una sonrisa de oreja a oreja.

Y a mí, qué

Las ocho en la península y Baleares, las siete en Canarias, y a mí qué, a mí, hoy y a partir de hoy, qué, ahora tendría que estar abriendo la puerta de la oficina y estoy aquí, a punto de arrancar quién sabe en qué dirección, la puerta que la abra otro, yo bastantes veces la he abierto, será a Álvaro a quien le toque, siempre era el segundo, ocho y tres minutos, se extrañará al no verme ya dentro, qué le pasaría, pensará, se habrá enredado por fin con alguna hembra y seguirá pegado a ella como un camisón húmedo, qué callado lo tenías, cabrito, ahí en plan mosquita muerta, puntual como un reloj suizo siempre y, por lo bajo por lo bajo, a ras de tierra, sin descanso tras una presa seguramente rubia y despampanante, porque los tíos como tú sois así, como eres tú, parece que nada de nada y de repente zás un directo en el mentón de las ideas preconcebidas, ay, ladrón, ladrón, pero qué va a pensar eso Álvaro, ni rematado llega a pensar así de mí, ni Álvaro ni nadie, pensará, estará pensando ahora mismo porque ya son y tres y estará golpeando el cristal de la puerta con la llave de contacto de su Focus recién comprado, creyendo que, sin darme cuenta, he cerrado por dentro, pensará, estará pensando que cada vez estoy peor, que a gilipollas es difícil que me gane alguien, que ya ni a palos se me arregla, y eso que Álvaro es de los que lo fían casi todo a una buena hostia, es muy bruto, con una hostia a tiempo o un polvo a dos manos, dice, todo a pedir de boca, perita en dulce la puñetera vida, pero que piense lo que quiera, él y los demás, ahora ya no estará solo, ahora habrá llegado Carmen, y también Rodolfo, y Serafín, que piensen todos lo que les venga en gana, a mí qué, a mí, a partir de hoy, hoy mismo ya, la verdad es que todo, como dicen ellos, me la suda, a la mierda, a partir de hoy, hoy mismo ya, no sé bien qué será de mí, pero seguro que lo que sea será distinto a lo que venía siendo, a lo que fue siendo de mí durante toda mi vida, así que adelante, avanti, hacia el sur, por ejemplo, para no tener que llevar camiseta, la camiseta es una prenda poco sexy, con camiseta la verdad es que no luces nada, al sur, pues, con dos cojones y pocas pertenencias, un par de mudas, un tejano, un jersey, nada más, eso y lo puesto, otro tejano, la camisa granate, sandalias, y el sombrero veneciano que nunca me atreví a poner, y a ellos que les den, que me busquen, si quieren, soy mayor de edad, no debo nada, ahora ya estarán todos, también Sarita, la jefa, tan fresca, tan blanca, tan delicada, tan ay, me costaba imaginarla follando, me cuesta, y eso para mí dice poco de una mujer, es una de las pruebas básicas, cierro lo ojos e intento verla en plena faena, con algunas no hay problema, enseguida se me aparecen desnudas, abiertas, acogedoras, jadeantes, procaces, no sé explicar a qué se debe pero con otras las dificultades son mayores, tengo que forzar la máquina, y aunque finalmente llego a verlas no quedan nítidas, se difuminan al primer envite, o se transforman, y están todavía las que de ninguna manera, da igual el ahínco que ponga en ello, Sarita es de éstas, y allá estará preguntando y preguntándose qué pasa, que por qué, a Sarita el mínimo desorden la trastorna, un papel fuera de lugar, un lápiz a su aire, una corbata mal anudada, un pantalón mal planchado, no digamos una ausencia injustificada, ¿habéis llamado a su casa?, ¿no se habrá quedado dormido?, ¿no se habrá muerto?, es seguro que el único desorden que Sarita admite es el que procede de la muerte, pues no, no estoy muerto, hija de puta, chupasangres, estoy de viaje hacia el sur, libre como el viento, sin ocupaciones ni obligaciones ni responsabilidades ni cuentas ni pagarés ni recibos ni ya voy ni sí señorita Sara ni desde luego, libre hacia el sur para vivir desnudo o en camiseta, como mucho, y follar en la playa con extranjeras ante la mirada prismática de la envidia patria, sin más, todos los días hasta las tantas y si son las ocho en la península que sean, que toque diana ahí, en esa lejanía en que os pudrís, yo qué a gusto entre la suavidad del raso, o sobre alguna firmeza bronceada, las ocho y treinta, habrá entrado ya algún cliente, seguro que percibe el nerviosismo, qué les pasara, tendrán regulación de plantilla, llamadas aquí y allá, ¿algún familiar?, no se le conocía ninguno, ni madre ni padre, no era de aquí, Álvaro es el más enterado, el que más puede decir, si es lo cierto o no, otro cantar, pero al menos información sí tiene, raro sí era, o es, dirá, o es, no vayamos a ponernos en lo peor, dirá, aunque en el fondo le importa poco que esté vivo o muerto, y no digamos ya a los otros, cada uno a lo suyo, sin más, sólo pendientes y celosos de lo propio, de su nimia parcela, de su vallado minifundio, Álvaro me llevó alguna tarde a casa en su Focus, alguna tarde de invierno especialmente lluviosa, por eso sabe algo más, no mucho, y nada cierto, para ser claros, ni mi dirección, pues me apeé donde no era y entré en un portal ajeno, raro, sí, dirá, vivía solo, no se le conocía relación alguna, ni femenina ni de ningún tipo, llegaba, el primero siempre, trabajaba con dedicación y eficacia, eso, sí, ratificará Sarita, una cosa no quita la otra, pero raro, huy, qué raro era, o es, a veces me miraba de una manera que hacía temblar, dirá, o no, no dirá nada, dará parte a la dirección provincial, o a quien sea su inmediato superior, abrirán expediente, tramitarán el despido, qué sé yo, lo que quiera, por mí, lo que quieran, yo sólo sé que allí no voy a estar para ver nada, allí ya no estoy, que voy bien lejos, a ciento veinte en dirección al sur, a la luz limpia, al mercurio estable, al orgasmo apoteósico del sur, ellos allá, meneando la cabeza, entretenidos con las cábalas, descarrilados por unas horas de sus destinos plomizos, y yo aquí, cantando, la radio a tope, cadenas juveniles, ¡yeeepa!, adiós corbata, a tomar viento los gemelos, y el cinturón, sí, también el cinturón, así, y los zapatos, a ciento veinte y sin zapatos por la autopista, autonauta enloquecido, desbarrado, las ventanillas abiertas, la camisa abierta, la bragueta abierta, el mundo abriéndose sumiso ante mi marcha.

Pobre Eva ( por ejemplo)

Todo ocurrió hace ya mucho, a finales de los setenta o así, fíjense si no habrá llovido. Al tipo ahora no le van mal las cosas, quizá porque ha logrado renunciar a casi todas: vive soltero en casa de sus padres, fallecidos ambos, y su única diversión conocida consiste en bajar los días de partido al bar de Cris y asistir en silencio, cerveza en mano, a las victorias o derrotas de su equipo. Nadie le oyó jamás comentario alguno; ni siquiera sobre el árbitro; entra, pide, bebe, observa, paga y se va. La mayor parte de los vecinos lo conoce desde siempre pero ni siquiera los saluda. Todos saben que trabaja en la administración, en algún despacho inaccesible, quizá subterráneo, y lo suponen ocupado en maquinaciones atrabiliarias ( según expresión de don Leoncio Sanz, barbero y lector consuetudinario del periódico, persona instruida y de múltiples intereses), en conjuras de pelaje apocalíptico, aunque es un suponer carente de fundamento alguno, ficcional y delirante, pues en el fondo saben que no puede ser más inofensivo, y hasta pena les da en ocasiones, aunque también puede ser que sientan envidia en otras, y simple animadversión en las restantes. Algunos, aun sabiendo que no les va a contestar, continúan saludándolo; les da no saben qué, dicen, pasar sin decir nada. La mayoría son gente condenada al no sé qué, podríamos decir que alexitímicos, pero, educados según normas de urbanidad convencionales, plenamente convencidos de que un buenos días no se le debe negar a nadie. Un día a la semana, los viernes por la tarde, acude una mujer a su casa. El, ese día, no está. La mujer llega en un coche pequeño, de esos que no necesitan carné, cargada con variados productos de limpieza, abre con su propia llave y desaparece en lo que muchos llaman (siguiendo a don Leoncio Sanz) covacha lóbrega. Hay mujeres que aplauden su valor, y otras que se compadecen de su necesidad, pues tiene que ser la necesidad quien la empuje, dicen éstas, quien la arme, quien la ciegue, y no el valor, que es ufano, altivo, masculino, pero todas, hablando por hablar, no hacen otra cosa que desentrañar la costra de un miedo genérico, porque en realidad están hartas de saber que el tipo, aparte de no tener media hostia, carece de peligro alguno. Cuando la mujer termina y desaparece, sin desprenderse jamás de su mandilón azul marino, en el diminuto vehículo, regresa él a pie, como siempre, aunque es conocido que guarda en el garaje dos coches, el cuatro L que perteneció a su padre y un Audi que compró hace algunos años y no utilizó jamás, con un par de bolsas en cada mano y la cabeza gacha. Eva lo ve bajar desde su ventana y es muy raro el viernes, porque es algo que sólo le pasa los viernes, que no rompe a llorar como una niña. Pero todo pasó hace ya tanto, a finales de los setenta o así, que casi es mejor ir poco a poco llevándolo al olvido.